Imagen: Noche Azul (Graciela Bello) http://gracielabello-art.blogspot.com
ELIO MILAY
A la más alta cumbre del más yermo edificio,
ascendió una corbata, con un gris traje rígido;
dentro de él otro típico simulacro de homínido,
otro Edipo, otro Midas, otro Caín, u otro Ícaro,
un blanqueado sepulcro, muy hipócrita y lindo,
cuya zafia codicia despertó en Cristo al crítico.
¡Fui muy buen alpinista! - se decía a sí mismo.
De mi empresa la cima alcancé... desde el piso
no recuerdo ya el número, cinco creo, sí, cinco;
en la hedionda oficina de un pasado impreciso.
Sin embargo hoy soy jefe de mi propio distrito,
traficante de influencias en mi infierno político.
¡A seiscientos sesenta (y seis más) administro!
No es casual mi triunfo. Todo fue muy medido.
Lamí un ancho trasero, mi pudor bajo mínimos
lisonjeó al presidente con piropos tan límpidos,
que hoy por vil vanidad fuma habanos conmigo
para oírme otra vez: ¡Es usted guapo olímpico!
¡Sabio, listo y valiente! ¡Un amor! ¡Un prodigio!
(Cuesta poco mentirle, si el pasado no olvido.)
Seis mansiones poseo, ex-mujer, yates, hijos,
a los cuales mantengo (les visito en domingo).
Me alimento de lujo. Siempre bebo buen vino.
Compro chicas bonitas; mil placeres son míos.
Pero nadie me aprecia ni dispongo de amigos,
todo el mundo me mira con muy pobre cariño.
Quien me halaga lo hace por sacar beneficios.
Si esta noche yo caigo de mi altura al abismo,
me pondrán allá abajo una cama con pinchos.
Yo lo sé, no hace falta ser gran brujo adivino,
ni un sabueso privado, ni empirista científico.
Yo lo noto en sus ojos tras un nuevo despido,
ese miedo, ese odio, esa inquina que inspiro.
Me respetan temiendo prepotentes caprichos.
Ante mí ponen caras de adorarme el ombligo,
por detrás sólo oigo murmurando: "Mal bicho.
Ojalá hoy te fulminen cien mil rayos divinos;
le vendiste al diablo la piedad de tu espíritu,
y en tu pecho ahora luces necio espacio vacío,
hueco nicho sin alma, agrio aroma a podrido,
corazón de una máquina, tan cruel y tan frío.
No mereces ni el agua que gotea de un grifo.
¡Por tirano despótico no mereces ni oxígeno!"
Así piensan, me consta. Lo intuí; lo percibo.
¡No les culpo! De hecho, es mi triste destino.
Mi ex-mujer me decía: "¡Inmaduro raquítico!
¿Por qué fui tan ingenua, al casarme contigo?
¡Tú eres mala persona! ¡Mentiroso y ridículo!
¡Hasta tu ex-secretaria se arrepiente del lío!
¡Egoísta de mierda! ¡Mal amante! ¡Mezquino!
¡Jamás tienes con nadie ni un detalle bonito!
¡Me divorcio! ¡Adiós! Y me llevo a los niños."
En la más alta cumbre del más loco edificio,
bajo luna menguante que colgaba de un hilo,
aquel hombre mediocre, ambicioso e insípido,
notó un negro agujero al palpar sus bolsillos.
Se sintió tan corrupto en su horror enfermizo,
se asqueó de tal modo al saberse un cretino,
que dio un paso adelante al crucial precipicio
entre anhídrido tóxico de olvidados suspiros,
hacia el rígido asfalto y el sangriento crujido
allá abajo en la acera. Como un ángel caído.
¿Dije hombre? Corrijo: Diminuto hombrecillo.
ELIO MILAY
A la más alta cumbre del más yermo edificio,
ascendió una corbata, con un gris traje rígido;
dentro de él otro típico simulacro de homínido,
otro Edipo, otro Midas, otro Caín, u otro Ícaro,
un blanqueado sepulcro, muy hipócrita y lindo,
cuya zafia codicia despertó en Cristo al crítico.
¡Fui muy buen alpinista! - se decía a sí mismo.
De mi empresa la cima alcancé... desde el piso
no recuerdo ya el número, cinco creo, sí, cinco;
en la hedionda oficina de un pasado impreciso.
Sin embargo hoy soy jefe de mi propio distrito,
traficante de influencias en mi infierno político.
¡A seiscientos sesenta (y seis más) administro!
No es casual mi triunfo. Todo fue muy medido.
Lamí un ancho trasero, mi pudor bajo mínimos
lisonjeó al presidente con piropos tan límpidos,
que hoy por vil vanidad fuma habanos conmigo
para oírme otra vez: ¡Es usted guapo olímpico!
¡Sabio, listo y valiente! ¡Un amor! ¡Un prodigio!
(Cuesta poco mentirle, si el pasado no olvido.)
Seis mansiones poseo, ex-mujer, yates, hijos,
a los cuales mantengo (les visito en domingo).
Me alimento de lujo. Siempre bebo buen vino.
Compro chicas bonitas; mil placeres son míos.
Pero nadie me aprecia ni dispongo de amigos,
todo el mundo me mira con muy pobre cariño.
Quien me halaga lo hace por sacar beneficios.
Si esta noche yo caigo de mi altura al abismo,
me pondrán allá abajo una cama con pinchos.
Yo lo sé, no hace falta ser gran brujo adivino,
ni un sabueso privado, ni empirista científico.
Yo lo noto en sus ojos tras un nuevo despido,
ese miedo, ese odio, esa inquina que inspiro.
Me respetan temiendo prepotentes caprichos.
Ante mí ponen caras de adorarme el ombligo,
por detrás sólo oigo murmurando: "Mal bicho.
Ojalá hoy te fulminen cien mil rayos divinos;
le vendiste al diablo la piedad de tu espíritu,
y en tu pecho ahora luces necio espacio vacío,
hueco nicho sin alma, agrio aroma a podrido,
corazón de una máquina, tan cruel y tan frío.
No mereces ni el agua que gotea de un grifo.
¡Por tirano despótico no mereces ni oxígeno!"
Así piensan, me consta. Lo intuí; lo percibo.
¡No les culpo! De hecho, es mi triste destino.
Mi ex-mujer me decía: "¡Inmaduro raquítico!
¿Por qué fui tan ingenua, al casarme contigo?
¡Tú eres mala persona! ¡Mentiroso y ridículo!
¡Hasta tu ex-secretaria se arrepiente del lío!
¡Egoísta de mierda! ¡Mal amante! ¡Mezquino!
¡Jamás tienes con nadie ni un detalle bonito!
¡Me divorcio! ¡Adiós! Y me llevo a los niños."
En la más alta cumbre del más loco edificio,
bajo luna menguante que colgaba de un hilo,
aquel hombre mediocre, ambicioso e insípido,
notó un negro agujero al palpar sus bolsillos.
Se sintió tan corrupto en su horror enfermizo,
se asqueó de tal modo al saberse un cretino,
que dio un paso adelante al crucial precipicio
entre anhídrido tóxico de olvidados suspiros,
hacia el rígido asfalto y el sangriento crujido
allá abajo en la acera. Como un ángel caído.
¿Dije hombre? Corrijo: Diminuto hombrecillo.







